Para nadie es mentira que las mujeres somos un
manojo de hormonas andante, nosotras lo sabemos, los hombres lo saben, sin
embargo es incómodo escucharlo, nosotras detestamos que nos lo digan, y los
hombres en un acto de venganza febril e impotente, suelen gritarlo a los cuatro
vientos cuando no aguantan más nuestros estados de ánimo. Ésa bipolaridad pre,
durante, y postmenstrual que nos ataca en todo momento, léase bien, en todo
momento; a modo de desahogo, una descarga visceral para ellos, con ese sentimiento
que viene del estómago, una pregunta instintiva, refleja, que no llega a ser
razonada, sale de su boca sin darse cuenta ¿Qué, estás hormonal?.
Esta simple pregunta, desata respuestas más allá
de un simple y conciso sí o no; va mucho más allá del entendimiento, va directo
a nuestro mal humor genuino, a esa psicosis que sólo nos ataca cuando algo nos
molesta, y comienza a retumbar en nuestras mentes, cual eco en lugar vacío, hormonal
¿Que si estoy HORMONAL? Es la
pregunta-respuesta que da paso a todo lo demás. He llegado a pensar que cada
vez que ocurre un terremoto es un hombre haciéndole esta pregunta idiota a una
mujer, y toda esa energía de la respuesta concluye en el movimiento de las
placas tectónicas. Pobre del japonés al que se le ocurrió hacerle la pregunta a
su mujer, todo lo que desató, maremoto, cambio de eje de tierra y peligro de
contaminación nuclear.
Las mujeres somos seres dóciles mientras no
nos fastidien, somos como lindos gatitos ronroneantes que nos gusta ser
tratadas con cariño, el problema está en que no sabemos qué pequeño factor
puede desencadenar nuestra ira.
Pongámonos una situación normal; Una pareja
sentada viendo televisión en el sofá de la sala, un martes cualquiera a las 7
de la noche; ambos están viendo los cortes comerciales mientras esperan que den
inicio a su serie, y de repente transmiten la publicidad de calzados zero (se
puede escoger cualquiera al azar porque su mayoría contiene mujeres semi
desnudas) en donde la protagonista no es Sandra Martínez sino, su trasero. La
reacción normal del hombre, pongámoslo como típico macho venezolano, es hacer
cualquier comentario vulgarsísimo que se le pase por la cabeza (comentario
reflejo que no pasa por corteza cerebral) tal como “eso sí está rico” o un “yo
si le _______ esas nalgas” dependiendo del estado de ánimo de la mujer, puede
que haya o no una reacción adversa, y ese simple comentario falta de respeto, a
una persona en una pantalla de tv, que no escucha ni se imagina nada, puede
desencadenar que todos los trapitos que tenían tiempo sin salir, estén
colocados nuevamente en el tendedero agarrando un buen baño de sol.
Estas reacciones no únicamente suceden con
nuestras parejas, generalmente, las mujeres, al salir a la calle, somos
víctimas de cualquier comentario sexista, vulgar, propinado por cualquier
idiota que va pasando por la calle, y necesita decir algo realmente obsceno
para sentirse más hombre y elevar sus niveles de testosterona.
Los obreros son los que se llevan el 1er lugar
en esta batalla sin tregua masculina, debo decir, que por mucho son los más
ocurrentes, inventando piropos que luego de escucharlos no nos quedan más ganas
que irnos a nuestras casas a darnos un baño porque nos sentimos sucias.
En serio hombres, ¿Creen que nos lanzaremos
encima de ustedes al preguntarnos el nombre y número de nuestra ginecólogo? (no
necesito echar el chiste completo puesto que ya seguro lo han escuchado). Lo
que provoca es salir a la calle con una metralleta en la mano, e irle
disparando sin piedad, tal rambo, a todo aquél que se le ocurra decir algo.
Aunque, debo acotar, que una vez caminando por la calle me gritaron “Flaca
tírame un hueso para hacer mi sancocho” y debo aceptar que me sentí feliz,
había pasado 3 meses en dieta y por lo visto, dio resultados, tuve
incontenibles ganas de gritarle: Muchas gracias señor marginal, estuve a dieta
3 meses esperando únicamente a que me dijeran un piropo así, ¡Meta lograda!
Así como tampoco falta el típico
exhibicionista que va por la calle mostrando su dote al desnudo y te llama “epa
flaca, mira el regalito que tengo para ti entre mis piernas” ¿QUÉ? ¿En serio
estás claro que es un REGALITO y lo muestras orgulloso por la calle? ¿Qué
contestarle a ese desgraciado? La reacción más normal es correr tal niña
despavorida (porque enserio lo estás) y alejarse del pervertido; pero se podría
contestar también algo así como “Buenas tardes señor, veo que está teniendo un
día bastante duro.”
No crean que nuestros estados de ánimo se van
únicamente a la rabia genuina instantánea, también podemos pasar al llanto,
siendo nuestros ojos la digna representación de las cataratas del Niágara, con
un simple comentario por parte de alguien tal como “¿Estás más cachetona no?”
Acto seguido nos vemos en el espejo y comenzamos a detallar cada mínima parte
de nuestro cuerpo, usando nuestros dedos índice y pulgar como pinzas, con cara
de haber estado viendo una película de terror, salir corriendo hasta la sala,
encontrar a tu novio y gritarle a modo de pregunta en medio de un mar de
lágrimas “¿goooordooooo estoy gooordaaaa?” Mientras agarramos el paquete de
galletas o helado más cercano y lo comemos como desesperadas, calmando la
ansiedad provocada por esa repentina e inoportuna revelación.
El hombre debe ser muy inteligente al
responder, debe estar consciente de que de la respuesta que dé dependerá si
tendrá un poco de acción en la noche, o si se irá a dormir al sofá o junto al
perro; un consejo para los hombres: Busquen maneras de huir a la pregunta,
siempre saldrán perdiendo e irán a dormir con el perro.
Con todo esto quiero enfatizar el hecho de que
ser mujer no es fácil. Nuestra condición de mujer nos hace seres volátiles,
frágiles a veces, fuertes y dominantes en otras, y sí, ciertamente la palabra
que nos describe es hormonal, sin embargo, recuerden que al usar la palabra
deben tener mucho cuidado, no queremos más terremotos ni tragedias naturales.
No hay comentarios:
Publicar un comentario