Nacer, alimentarse, mantenerse respirando mientras duerme,
crecer, sentarse, gatear, caminar, correr, seguir creciendo, son cosas para los
que estamos determinados genéticamente, no hay pataleo.
Sin embargo, socialmente también
venimos predeterminados, hablar para poder comunicarnos, ser espontáneos para
hacer reír a los demás, ser bonito porque sino estás jodido, estudiar para que
más allá de ser alguien, puedas encontrar a alguien; tener una casa, ropa fina
con qué vestirte, joyas que te adornen, un carro que te traslade porque tus
pies jamás serán suficientes, un sinfín de cosas que verdaderamente necesitamos,
porque sino imagínate,¿Qué será de nosotros sin tan valiosas comodidades?
Predeterminados socialmente, quizás suene ilógico, pero
ciertamente no lo es… Nos la pasamos en la búsqueda incesante de pertenencias,
de aquello que nos hace “felices” así sea olvidándonos de existir.
Quizás, sólo en la juventud hedonista no nos preocupamos por
esto, luchamos con fervor para mantener nuestras verdades y juramos solemnemente
no ser igual a las masas porque están podridas, porque sus ideas están
caducadas, porque es el tiempo de ser diferentes y estar orgullosos, porque
tenemos 17 y no tenemos responsabilidades, la única es vivir y pelear, así sea
con flojera, es nuestro momento de ser divergentes, aquellos estudiantes revoltosos
donde sus ideales son su bandera.
Y esta sociedad, podrida sociedad, hace de las suyas, la madurez, ésa asesina enmascarada hace que nos vayamos convirtiendo sin darnos cuenta, en aquello que criticamos. Va mostrándonos que más fácil es seguir la corriente antes que pelear, (aunque esta vez prometiéndonos que actuaremos como ellos, pero de corazón seguiremos oponiéndonos) nos vamos adormeciendo y cuando despertamos, estamos sentados en nuestro sillón, frente a una computadora, siendo autómatas, realizando actividades por mero deber que por querer, como acto intrínseco no procesado, haciendo dinero porque el dinero es la felicidad, acumulando cosas “necesarias” para poder vivir “dignamente” y criticando a esos chiquillos mocosos que pelean sin “verdaderas” convicciones porque no saben de qué manera funciona la vida.
Al final creo que ellos están más claros que nadie, sólo que ahora no actuamos nosotros, sino ese villano enmascarado que se llama madurez, con su aliado infinito, comodidad.